Ya casi se nos va el año.

Parece que fue ayer esa época de Enero, con todo mundo emocionado sobre sus nuevas “metas” o propósitos de mejorar sus vidas. Ya es diciembre. Ya es casi Navidad. Ya es casi Año Nuevo, otra, y otra, y otra vez.

A mi pesar y por más que me cueste admitirlo, es hasta diciembre cuando realmente me pongo a pensar en todo lo que ha pasado en el año en curso, todo lo bueno, lo malo, lo chingón, lo triste, lo espectacular, lo inesperado, lo esperado, lo que se fue y lo que se quedó.

Por estas fechas también me acuerdo que soy un año más viejo (porque más sabio, quién sabe), me acuerdo de los amigos (porque uno generalmente se pone a pensar en las fiestas en estos días, y en los buenos momentos con las buenas personas); me acuerdo de la familia (todas esas llamadas que no hice, y todos eso mensajes que no mandé aunque sí quería); me acuerdo de todo el dinero que ya no tengo y que quién sabe dónde se metió; me acuerdo de Dios, cada año más presente en mi vida y también cada año menos “humano”; me acuerdo de los sueños que tenía al inicio del año, y que ya casi no me hablan.

Pero bueno, ya estuvo bueno con esto, que si le sigo me voy a poner a llorar (en especial por acordarme de todos los kilos que se tenían que ir, y que ahora ya tuvieron hijitos kilitos y empiezan a formar comunidad).

Hay que seguir caminando, y hay que seguir soñando.

¿Sí pero, caminando a dónde?, y ¿soñando qué?

Creo que estos días de diciembre son los días para contestar ese tipo de preguntas.

 

Posdata —

Ahí les aviso el próximo año a ver si mejoró la cosa de la comunidad de kilitos, y sobre la problemática general de su sobrepoblación en mi interior.

Segunda Posdata —

Saquen el ponchecito y las garnachas.

Desde la perla tapatía.

R.