Hoy he decidido hacer algo que no hago comúnmente. Nadie me pidió hacerlo. No creo que a nadie realmente le importe. Pero bueno, la vida no sería vida si no hiciéramos con ella cosas que a nadie le importan. Hoy les voy a contar un poquito sobre lo que hago, por qué lo hago, y para quién lo hago.

Es muy probable que si estás leyendo esto lo hagas porque me sigues en alguna de mis redes sociales. Es muy probable también que no me sigas en alguna red social, pero seamos conocidos o amigos de la vida. Poco probable pero también posible es que me estés leyendo porque sentiste curiosidad, porque te dijeron que leyeras esto, porque odias mi trabajo, porque te gusta mi trabajo, porque te gustan las cosas rosas, o simplemente, porque llegaste aquí de manera aleatoria.

Como sea, ahí te va el cuento, espero te guste, y si no, pues ahí te va de todas maneras.

Alrededor de hace casi dos años empecé a compartir en Instagram un par de “frases” o pensamientos, estética y técnicamente muy sencillos (fondos coloridos y tipografía sans-serif) pero con notas “emocionales” o de valor sentimental. Pa’ no echarle tanta crema a los tacos, básicamente eran frases cursis de canciones, poemas, citas de libros y “dichos” folclóricos que escuchaba por ahí.

Llevaba ya un par de años compartiendo en esa plataforma mi trabajo de diseño, ilustración y de branding para marcas locales e internacionales, pero fue hasta que empecé a compartir dichas frases que el “monstruo” viral de Instagram volteó a mirarme, y me dio su cálido abrazo de la muerte: abrazo en forma de likes, shares, followers, y opinión pública.

Viendo el éxito de lo posteado, decidí continuar compartiendo frases que hacían alusión al amor, al desamor, al despecho, a la fiesta, a la post-fiesta, al mezcal, al tequila, al café, a la pizza, al México, al mar y a dos que tres personas del sexo femenino que en su momento me ponían las orejas coloradas, ya fuera de poquito amor, o de poquita rabia. Las imágenes se empezaron a volver color rosa, y esto fue, pues, por mera coincidencia temporal de tendencias en diseño, y por mero capricho mío (siempre he creído en darle la vuelta a las cosas, y usar rosa me servía para poner en duda a todos aquellos que dudaban que un hombre heterosexual, barbón, pinta de maleante y con tatuajes en el cuello pudiera escribir o compartir “cosas bonitas”).

En fin, lo que más me interesaba y gustaba de todo esto era ver la interacción de las personas con mis publicaciones. La gente se taggeaba, se compartía y se apropiaba de mis imágenes cursis todos los días, al punto en que incluso me tocó recibir las “gracias” por parte de algunas personas, diciéndome que por mis publicaciones habían podido conquistar al amor de sus vidas. Qué cabrón.

Y pues bueno, para no hacerles el cuento largo, empecé a tomar todo este ejercicio como un experimento psico-socio-antropológico. Mi meta se convirtió en reconocer los sentimientos de la gente, y con ese conocimiento darles a cambio un objeto visual o gráfico de sus propios sentimientos, de lo que a veces decimos o queremos decir, pero no lo decimos, por la razón de nuestra preferencia.

Pasaron los meses, mi cuadrilla de imágenes en Instagram se volvió cada vez más rosa, más idealista, más positiva y con menos fotos de mi persona. Me empecé a obsesionar con los sentimientos de la gente, porque me hacían, valga la redundancia, sentir.

Todo este experimento empezó a crecer, ahora sí con ganas. No me gustaría decir que me volví semi-famoso en mi esfera local, porque al final del día a quien reconocían era a la “cuenta” que compartía frases cursis en fondos rosas y no al pelado que disque las diseñaba. Al final del día, sea como sea, cuando la gente me presentaba con otra gente siempre recibía el mismo “¡Ah! No sabía que eras tú el que hacía las imágenes esas”.

¿A qué quiero llegar con todo este choro?

Bueno, es muy sencillo, pero todavía no termina la parte anecdótica de este post (les pido perdón con antelación si ya los aburrí con esta pseudo-historia).

Después de adquirir cierta “fama” virtual, de esa que no es tangible o que no sabes bien para qué te sirve, empecé a recibir por aquí y por allá, en diferentes momentos de la vida, varios comentarios virtuales y no virtuales de algunos amigos y amigas que personalmente conocía, y que incluso consideraba (y sigo considerando) de mis mejores amigos y amigas. Los comentarios iban por el lado de “¿ya estuvo con lo de las frases cursis esas, no?, o bien, ¿ya me harté de ver tanta cosa positiva en mi feed de Instagram, por eso te dejé de seguir”.

Y claro, todo mundo tiene el derecho de hacer y no hacer lo que quiera con su vida virtual y con la casi-no-virtual también. Pero vaya que si me sacaron de mi lugar estos comentarios.

¿Qué había hecho yo para merecer el cruelísimo unfollow por parte de mis colegas, amigos y más cercanos allegados? ¿Les había faltado al respeto con algunas de mis publicaciones de amor? ¿Les había ofendido el color rosa? ¿Les molestaba ver que un vejete como yo posteara cosas que postearía una niña de 16 años? Yo qué sé. Pero la realidad era que mientras más crecía mi red de “amigos” y seguidores virtuales, más se encogía mi círculo de amistades cibernéticas con las que interactuaba (o que quería interactuar conmigo en dicha plataforma), como si fuera un virus o enfermedad que no podía parar, y que cada día se hacía más evidente en la piel, y en el alma.

Hasta algunos conocidos me decían en tono burlesco que yo no era “esa persona” que plasmaba la cuenta de RRRRUBE en Instagram, que dejara de “mamar”, que les gustaba más seguirme cuando subía otras cosas, que debía ya hacer un cambio en lo que publicaba, que la vida no es bonita, que la vida es dura, que hay que ser realistas y afrontar el hecho de que lo que yo subía era peor que una utopía: era engañar a la gente, porque es falso que se puede sentir bonito y ser feliz todos los días de tu vida.

Yo no sabía para dónde hacerme, si para un lado, si para atrás, si seguir para adelante, o si mejor me metía en un hoyito abajo de la tierra, para ya no molestar a nadie más.

Cierto es que yo entendía y entiendo todos estos comentarios y argumentos. Nunca los he visto como una crítica negativa a mi “trabajo” (le digo trabajo, porque a final de cuentas esto ya me da de comer de una u otra manera, aunque mi verdadero trabajo sea diseñarle mentiras -perdón, publicidad- a las personas y sus marcas), incluso, todos estos elementos críticos me han servido para mejorar y seguir con mi experimento de entender cómo reacciona o siente la gente con ciertas cosas que se le ponen en la cara, o bien, en las pantallas de sus celulares o dispositivos.

También entendía y entiendo que la vida no es “color de rosa” todo el tiempo. Sé que la gente se muere, que a uno le rompen el corazón, que a uno se le va el dinero de las manos, que a no lo roban, que a unas o unos las y los violan, que hay ladrones, que hay corrupción, que México es un Estado fallido, que uno se cae y que uno llora y duele.

Y por eso escribo todo esto. Porque en efecto, la vida no es “color de rosa” y las adversidades y dificultades de las distintas realidades del mundo existen, pero, ¿qué sería de la historia de la humanidad sin estos locos que creemos en cambiar el mundo?, ¿qué tendría de bonito el mundo si no te pudieras enojar con la gente que lo quiere cambiar?, ¿qué sería de nosotros sin lo absurdo, lo inalcanzable, lo irracional?

Y no es que yo me ponga una capa de redentor de las masas de gente o del pueblo mexicano, porque las únicas masas que puedo influir realmente son las de mi físico cada vez más en decadencia, pero creo fervientemente que personas pequeñas, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas como yo pueden hacer un cambio en el mundo.

Porque sí, sí quiero cambiar al mundo con lo que hago. Sí quiero darte una sonrisa o una palabra de aliento con lo que posteo una o dos veces al día. Sí quiero ayudarte, no sé cómo ni con qué, pero quiero ayudarte, tal vez con lo que publico, y que te distraigas solo un segundo de la dificultad que estés pasando, que sonrías, te enojes o te enamores, y ya después regreses a tu realidad y a tu dificultad, recordando o no lo que leíste de mí. Sí quiero que la gente crea en ser positivos, no por mera chairez, sino porque también creo que ahorita la balanza del mundo está más inclinada hacia la negatividad, y ya saben cómo es esto del balance universal, debe existir balance, en todo.

Entonces, ¿por qué les estaba contando todo esto? Ah, sí. Porque el sistema político mexicano está maleado desde las entrañas y los nadies, los indígenas  y pobres cada vez quedan más rezagados por la hidra capitalista que nos corroe y nos consume para su propio entretenimiento y satisfacción.

¿Qué? ¿No estábamos hablando de eso? ¿Pero a mí me dijeron que yo venía a darles un discurso sobre la importancia de las economías y gobiernos autónomos de los pueblos originarios de México, o no?

Achis, ya se me olvidó por qué les estaba contando lo que les estaba contando. Seguro les andaba contando unas mentiras o unos cuentos de fantasía.

Ahí los veo luego, que yace hambre y los días nublados me dan antojo de mantecadas con nuez. Adiós.

Posdata —

Casi se me olvida decirles que hoy es Día de los Santos Inocentes. A ver si no les andaba contando una mentira, porque a veces me da la impresión de que todo lo que vivimos es una.

Posdata 2 —

No se crean, sí era de verdad los que les conté, ya me dijeron que sí son importantes las comunidades indígenas autónomas y sus formas de organización socio-políticas y sistemas de auto-gobierno.